La amistad como mercancía (II)

 Isaac Arriaza

II

 

La mente humana es compleja, sin duda; pero al mismo tiempo existen numerosos puntos de coincidencia entre todos los individuos: conjuntos de ideas aceptadas como válidas por un gran número de individuos en una sociedad determinada. Pautas de conducta que se manifiestan como un producto del condicionamiento social que todos padecemos y que, para su desgracia, algunos disfrutan vivamente. No es mi intención ofrecer una relación exhaustiva de estos comportamientos comunes pero a modo de esbozo se podrían citar el apego a la democracia institucional, la creencia en la bondad del capitalismo, la funcionalidad (pese a la renovada crítica de género promovida desde las instituciones) de la división sexual del trabajo o, para acabar, la artificial separación entre el espacio público y privado del individuo.

En los diarios convencionales se suelen recoger sentimientos, vivencias, miedos y contradicciones (por ejemplo) consustanciales a la vida social del individuo que son interpretadas por éste como pertenecientes a la esfera estrictamente privada[1]. En la vida social, ahí afuera, nos dotamos de una suerte de envoltorio que nos impide mostrar a los que interactúan con nosotros aquello que, precisamente, escribimos en nuestro cuaderno privado. En el capitalismo, no existimos como individuos totales en los que sus contradicciones, miedos, pasiones y sentimientos conviven integrados con la parte más superficial de la existencia individual. Sino que ésta última suele ocultar la primera ofreciendo de nosotros una imagen falsificada, una existencia superficial, aparente. De forma análoga, en el modo de producción capitalista el obrero, al no controlar ni las herramientas ni los criterios organizativos del trabajo, objetiva su existencia en el producto que él o ella fabrican. Su producto, la mercancía, cobra vida propia ocultando el conocimiento, el esfuerzo y el sufrimiento de todos aquellos que participaron en su realización, no sólo inmediata sino también su realización histórica como resultado del trabajo social acumulado durante siglos. La alienación no es más que la concreción de una existencia separada y, originariamente, Marx y Engels desarrollaron el concepto  para reflejar la separación entre el productor y el producto. Entre el trabajador industrial y la mercancía. Y entre ellos no sólo mediaba una simple distancia sino que la existencia mercantil del producto negaba violentamente al trabajador como productor social, tapando así el origen social, y por ende histórico, de su existencia. Pese a que no existe una correspondencia directa entre el proceso productivo mediante el cual las trabajadoras dejan su vida en la mercancía, más o menos tangible, y aquel que conlleva la construcción de la identidad virtual expresada hacia el exterior, propia de las redes sociales digitales; es relevante destacar como, en ambos casos, el individuo puede relacionarse de forma extraña con productos de su propia creación. Hasta el punto de otorgarles una existencia y una vida propias, separadas. En el primero opera una, nada virtual, determinación económica que se expresa de manera concreta en la explotación laboral y en el segundo interviene el conjunto de creencias que sostienen la existencia de una idílica vida privada sin correspondencia con nuestra realidad material.

Nuestro caparazón, nuestro disfraz, nuestra existencia aparente puede quebrarse por diferentes razones y en diferentes grados. No solemos mostrarnos tal y como somos pues nunca somos con carácter definitivo. Este es precisamente un momento de ruptura crucial. El reconocer abiertamente que no gozamos (ni seguramente gozaremos) de una identidad acabada, que vamos y venimos, que reímos y lloramos, que somos guapos y feos, fuertes y débiles… Suele ocurrir en contadas ocasiones pero, cuando el grado de afinidad entre dos personas es suficientemente profundo, la apariencia deja paso a la sencillez de una vida complicadamente humana. La gestión del conflicto interno puede considerarse otro indicador válido para calibrar en qué medida nuestras falsas identidades nos oprimen y, por el contrario, cuán cerca nos encontramos de la autodeterminación consciente. Demasiadas emociones son vetadas, sesgadas, por la promoción institucional de la felicidad sistemática. El enfado, el odio, la rabia no son algo que deba caracterizarnos, es imperativo reprimirlos en beneficio de la paz social. El rol de consumidor insaciable no se corresponde con un estado de pesimismo generalizado; las dudas, los miedos, las inseguridades o la indecisión no generan escenarios deseables para los gestores del márquetin espectacular-mercantil. Éstos precisan convicción, seguridad y determinación así como un inagotable optimismo desarrollista según el cual el consumo generalizado de mercancías, y la generación (y reproducción) infinita de necesidades puramente materiales, lograrán instaurar un régimen de felicidad universal.

Los diarios personales digitales en red están de moda actualmente. Raro o rara es aquél o aquélla que no pierde el tiempo en la continua actualización de su perfil virtual. En los diarios convencionales pero especialmente en las bitácoras y perfiles digitales lo relevante se sitúa no tanto en lo que el sujeto expresa como en lo que omite[2]. El silencio es profundamente revelador de las inquietudes de una persona. Vivimos en un mundo totalmente interactivo donde, pese a que un porcentaje insignificante de población mundial tiene acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación, prima lo visual en forma de imágenes, videos y mensajes de texto que vuelan literalmente de un lado a otro del globo. Cuando la norma es el ruido debemos preguntarnos qué puede querer decir el mínimo atisbo de vacío sensorial[3].

Como decía, lo visual prima sobre prácticamente cualquier otra forma de comunicación. Los más perjudicados sin duda son la escritura y la comunicación oral no mediada por la tecnología. En un futuro no muy lejano las animadas e interminables conversaciones entre afines constituirán una reliquia sobre la que disertarán los tratados de Antropología del Siglo XX[4]. En éstas la relación visual de los interlocutores era constante, multidimensional y siempre influenciada por la acción de los demás sentidos. La imagen que los participantes se hacían los unos de los otros oscilaba continuamente en función del tema de conversación, la animosidad e incluso el lugar del encuentro o el clima. El recuerdo que cada sujeto tenía del otro (o de los otros) era cambiante y en ningún modo se correspondía con una imagen estática y plana. En las nuevas relaciones de amistad dominadas por la velocidad y la inmediatez, la única referencia sensorial que, de momento, se tiene del interlocutor es una imagen previamente seleccionada por éste[5]. La imagen de perfil es la expresión plástica del disfraz con el que el usuario se presenta en la sociedad virtual. Es esta imagen la que oprime al individuo ya que le priva de su existencia completa pasando ésta a corresponderse únicamente con un conjunto de puntos de luz mecánicamente ordenados que, en la distancia, reproducen una instantánea de su apariencia corporal. Con el tiempo esta artificialidad existencial puede sepultar al individuo cual losa de granito de la que no se pueda librar jamás.

 

La oxidación del perfil de usuario

Cuando hablamos de alimentos y nos referimos a la oxidación no hacemos más que señalar el proceso mediante el cual éstos pierden ciertas cualidades al entrar en contacto con el ambiente; como su nombre indica, con el oxígeno. Los champiñones cultivados me servirán para ilustrar el razonamiento planteado a continuación. Si alguna vez tuvieron la oportunidad de cocinar con este tipo de hongo de invernadero seguramente comprobaron cómo éstos al ser laminados van perdiendo el color blanquinoso carne hasta que oscurece completamente. Es un proceso que dura segundos y que no conlleva necesariamente una pérdida de cualidades nutritivas del alimento si se procede a su cocción poco tiempo después. Sin embargo para nuestro propósito es crucial hacer hincapié en la transformación estética producida.

Las identidades o perfiles digitales, a imagen de nuestros champiñones, están sometidas a continuos procesos de oxidación[6]. Éstos dan comienzo en el segundo después de la última actualización del perfil de usuario y su duración se expresa en función de la actividad “media” de cada red social en particular. Pero a diferencia de esta clase de alimentos, entre los que también se encuentra la berenjena, la oxidación del perfil digital no es irreversible. Inmediatamente después de cada actualización la mercancía virtual vuelve a encontrarse en condiciones óptimas para su consumo en el mercado de la amistad digital. Este proceso ocurre una vez y otra sin interrupción. Como sabemos, las redes sociales se caracterizan por ser canales de interacción virtual donde predomina lo (audio) visual y la inmediatez. Tanto la imagen plástica que cada usuario presenta de sí mismo como la rapidez de éste en ofrecer a cada instante su estado de ánimo son factores primordiales para comprender su funcionamiento. El nivel de integración de cada usuario (y, en consecuencia, la popularidad o centralidad que éste pueda obtener) dentro de la red social digital está directamente relacionada con su nivel de oxidación (descomposición) del perfil. Aquellos perfiles que no se actualizan con la celeridad y la frecuencia exigidas tendrán más probabilidades de situarse en los márgenes de la actividad social digital y, por lo tanto, corren el riesgo de bajarse del tren de la interacción constante[7].

 

La sociedad silenciosa

Si bien hemos mantenido que la configuración plástica (el diseño y la imagen) del perfil de usuario puede constituirse en un factor de opresión en la medida en que la citada imagen pasa a cosificar la propia identidad del individuo pues constituye la presentación que éste ofrece a la sociedad virtual; es también necesario que esta representación visual sea susceptible de actualización constante. Para ello las redes sociales digitales desarrollan continuamente nuevas aplicaciones para facilitar el refresco del perfil de usuario con el fin de que pueda disminuir al máximo su nivel de oxidación y con esto adquirir una posición que le permita permanecer constantemente conectado a la nueva sociedad. El envío constante de breves mensajes de texto en los que el usuario puede compartir su estado de ánimo en cada momento junto con el desarrollo de aplicaciones sencillas para subir fotografías al perfil, constituyen el abono perfecto para que la red social se pueda presentar al usuario como versátil y adaptable a sus necesidades; cuando, en realidad, es el usuario mismo el que adapta sus costumbres cotidianas a la citada configuración. Viéndose obligado a hacer uso de las citadas herramientas para demostrar a los demás usuarios que su actividad social virtual no cesa, sino que está en actualización constante. Y es precisamente esta necesidad de actualizar constantemente la que constituye el mayor factor de dependencia del usuario respecto a la red social digital. Por lo tanto las redes sociales digitales, lejos de constituir únicamente una herramienta gracias a la cual el usuario puede extender sus relaciones sociales reales, esclavizan al individuo sometiéndolo a su propia lógica.

Aún así,  no debemos caer en el error de presentar la sociedad digital como un ente supra humano que impone su voluntad a los individuos que la integran. La lógica de su funcionamiento, la necesidad de actualización constante, no preexiste ni acontece previamente a la misma utilización de los perfiles de usuario. Reconociendo lo tentador de una explicación escorada en el determinismo social, es necesario matizar que las peculiaridades que presentan las nuevas relaciones sociales en la red son producto de la interacción de los individuos que las utilizan y éstos crean unas dinámicas concretas que posteriormente podemos observar. Hasta aquí nada nuevo. Sin embargo es nuevamente necesario remarcar que la plataforma, la nueva Tierra virtual, no ha sido creada desde la neutralidad. No estaba ahí antes que nosotros, esperando pacientemente a ser utilizada. Las redes sociales digitales han sido ideadas, desarrolladas y puestas en funcionamiento siguiendo la lógica del desarrollo capitalista. La interacción constante de millones de usuarios basada en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) se sustenta en la, nada novedosa por cierto, división internacional del trabajo. Los componentes electrónicos y los dispositivos necesarios para la consecución de esta interacción son fabricados por individuos que difícilmente tendrán acceso a estas herramientas de liberación social. Es de una ingenuidad insultante creer en la posibilidad de un escenario futuro donde cada habitante del planeta pueda disponer de un dispositivo móvil con el que conectarse a la sociedad silenciosa[8].

La sociedad silenciosa es aquella en la que predomina el ruido digital; la máxima expresión del desarrollo de las redes sociales digitales. La libertad de expresión lejos de existir como un derecho del que el individuo puede hacer uso dónde y cuándo le apetezca; se transforma en las redes sociales digitales para presentarse a imagen de un formulario interactivo donde la manifestación individual está prefigurada por el funcionamiento de ciertas aplicaciones informáticas que el usuario no controla, sino que acepta sin más cuando ingresa en la red social digital[9]. De esta manera los poderes políticos y económicos pueden desarrollar nuevas estrategias represivas al controlar totalmente el medio y el contenido de la libre manifestación digital. Por lo tanto la acción colectiva de los movimientos sociales de resistencia anticapitalista no puede, ni debería, basarse, o al menos fundamentarse parcialmente, en la utilización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación como medio para la elaboración y distribución de estrategias políticas. Incluso las redes sociales digitales no capitalistas, así como los diferentes servidores y desarrolladores de software libre no pueden zafarse, en última instancia, de las herramientas tecnológicas necesarias para la puesta en marcha de las citadas plataformas que pretenden gozar de una relativa autonomía; y que han sido producidas en condiciones de explotación económica clásica[10].

De la misma manera, la política del silencio es la sistematización institucional del ruido digital. Las calles y los centros de trabajo, en los territorios donde se extiende a más velocidad el uso de la red social digital, han dejado de ser lugares donde, principalmente, dar rienda suelta al descontento político provocado por las consecuencias del crecimiento económico: paro, precariedad laboral y recorte de los derechos laborales, aumento de las desigualdades sociales, acciones de sabotaje industrial, etc. Si bien los partidos políticos adoptaron, hace décadas, la forma espectacular para llevar a cabo sus actos de propaganda debido a la influencia del medio televisivo; hoy sus estrategias están encaminadas a la obtención de centralidad política en el funcionamiento de las redes sociales digitales. No únicamente como medio para dar a conocer sus propuestas a los clientes-ciudadanos sino también para trasladar la localización del debate político de la calle a la red. La libertad de expresión sufre así una singular contorsión para adaptarse a las exigencias tecnológicas de las redes sociales digitales. Vemos como el sistema político de libertades, basado en la representatividad institucional, se adapta a un formato impuesto por una industria determinada: la del entretenimiento basado en internet. Estamos, pues, ante una nueva vuelta de tuerca de la estrategia estatal para elaborar una imagen idealizada de la democracia representativa apoyándose, esta vez, en las posibilidades de extensión democrática facilitadas por la versatilidad de la nueva sociedad silenciosa.

En la lógica de la política silenciosa es de imperiosa necesidad que el individuo crea que su participación (o activismo) virtual existe a imagen de la acción humana, real. El ruido digital, la incesante actividad social en las redes sociales digitales, contribuye a la extensión y mantenimiento de la política del silencio. Cuando un altercado, conflicto o manifestación de descontento no circula por los canales establecidos en las redes sociales digitales; permanece a salvo del condicionamiento de éstas y su resolución depende de la eficacia de la estrategia llevada a cabo, así como de la capacidad de resistir los envites del contrario. Por eso los poderes económicos y políticos trabajarán sin descanso para canalizar este tipo de protestas hacia la arena digital, pues controlan mucho mejor los factores que determinarán su desarrollo; sin olvidar que su visibilidad social (su presencia en la calle) quedará totalmente neutralizada. Ésta es la principal estrategia de la política del silencio: trasladar el conflicto de las fábricas (y demás centros de trabajo), calles, barrios y municipios, a la red.


[1] Pese a que en la sociedad burguesa se mantiene la separación entre esfera pública y privada; las contradicciones (y las dificultades) a las que nos enfrentamos los individuos (sobre todo aquellos desposeídos de los medios de subsistencia) tienen un origen histórico, y por ende fruto de un conjunto determinado de relaciones sociales.

[2] Y me refiero a lo relevante para un hipotético observador interesado en el comportamiento de las personas en cuestión. Desde el punto de vista del sujeto que se autoafirma modelando sus sentimientos vivencias el hecho mismo es de crucial importancia. Un diario privado no debería dejar de serlo a menos que su autor exprese su voluntad en sentido contrario. En el caso de los blogs o las redes sociales digitales el carácter público de éstos es evidente, aquí el autor busca notoriedad.

[3] El recurso a la dicotomía ruido/silencio constituye únicamente una manera figurada de ejemplificar la preeminencia o la ausencia de los estímulos que, a nivel sensorial, la red de redes nos puede ofrecer. Así en la afirmación anterior entiendo como ruido el continuo bombardeo de contenidos visuales y auditivos que se abalanzan sobre el usuario.

[4] De manera análoga ocurrirá, en sentido opuesto, con la discrepancia y la discusión. En las redes sociales digitales estas últimas prácticamente no existen: el conflicto se expresa como silencio, como ausencia de contacto. Todo aquello que se sitúe fuera de la continua afirmación de nuestra identidad digital artificial constituye un obstáculo para la obtención (y conservación) de amistad, para la aceptación de contacto por parte de los otros.

[5] Si bien internet permite la comunicación verbal a tiempo real, no es una aplicación común entre los usuarios de las redes sociales digitales. En éstas priman los mensajes de texto muy breves y enviados con extrema celeridad.

[6] Descomposición si se prefiere.

[7] Si no puedes seguir el ritmo de la actualización constante es probable que tu perfil deje de ser atractivo para los demás usuarios. El auge de los dispositivos móviles equipados con conexión continua a la red provoca a la vez que se reproduzca esta situación.

Sería interesante indagar acerca de la relación entre grado de oxidación del perfil (expresada en el tiempo de actualización) y el número de contactos de ese perfil (llamados amigos en la red social digital). Una primera hipótesis de trabajo sería que el usuario con menor grado de oxidación (tarda menos tiempo en actualizar) suele ser más popular (dispone de más contactos que efectúan más comentarios de otros usuarios en su página de perfil).

[8] Que será aquella en la que los individuos paseen juntos sin dirigirse la palabra, en silencio, pues unos con otros únicamente se comunican por medio de la sociedad virtual. La sociedad red, concepto introducido por Manuel Castells, constituye la organización político-industrial previa a esta posible sociedad del silencio. Su desarrollo estableció las bases que han dado paso a este otro estadio posterior. No son etapas históricas separadas e independientes, éstas no existen; sin embargo es necesario subrayar que la sociedad virtual o silenciosa no podría aparecen sin el desarrollo completo de la organización industrial y política en red, fundamentada en las nuevas tecnologías de conectividad inalámbrica.

[9] Plataformas como Twitter han modificado su catálogo de aplicaciones al incorporar innovaciones introducidas por los propios usuarios. De esta manera la red social digital hace saber al usuario que cualquier aportación será sistematizada y perderá automáticamente su leve carácter transgresor. El dominio del usuario sobre la red social digital debe ser necesariamente limitado pues, no podemos olvidar, son empresas con ánimo de lucro las que desarrollan y realizan el mantenimiento de las plataformas.

[10] Mediante el perfeccionamiento e integración de los diferentes modos de organización industrial: trabajo en cadena y producción flexible. La mayor parte de los componentes necesarios para la puesta en marcha de la sociedad del silencio son fabricados en países asiáticos donde, como en China, los trabajadores están sometidos a un férreo control por parte del estado y donde su capacidad de respuesta colectiva es duramente reprimida a la vez que se neutraliza mediante el aumento del poder adquisitivo de ciertas capas para garantizar su acceso a cierto nivel de consumo lo que le permite al estado: 1) dar salida a la sobreproducción (al excedente de productos que no logra exportar, si bien exporta la gran mayoría) y 2) promover institucionalmente un modelo de sociedad basada en el consumo, asociado éste al bienestar y la libertad, con objeto de hacerlo deseable al mayoría de la población.

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