La amistad como mercancía (I)

I

 Isaac Arriaza

            Aunque parezca inverosímil, hoy en día los amigos y amigas que uno puede llegar a tener se cuentan por decenas, centenares e incluso por miles. ¿Qué ocurre en este momento convulso de la historia para que las relaciones de amistad sean tan sumamente fértiles?.

            La respuesta es el nombre de la más conocida red social digital del momento: Facebook. Ésta cuenta ya con cientos de millones de usuarios en todo el mundo. Sin embargo, bajo la apariencia de una plataforma digital que permite la interrelación social entre sus usuarios, la mencionada red social no es más que una empresa cuyo lucro reside en la venta de los perfiles de los usuarios a las empresas de publicidad y marketing para que éstas elaboren estrategias con la intención de seducir a sus potenciales consumidores. Consumidores entre los que se encuentran también los mismos usuarios de la red, como receptores de dicha publicidad.

            Hace un tiempo estuvo de actualidad una polémica según la cual los usuarios de esta red social, al aceptar los términos de uso, ceden la propiedad de la totalidad del contenido que han subido a su perfil (fotografías, videos o comentarios) a la empresa propietaria de la red social de manera perpetua y, con esta aceptación, le autorizan a que haga lo que le plazca con esos datos. Incluso se han dado casos de empresas que han despedido a sus empleados, utilizando declaraciones o evidencias que el usuario hizo públicas en la citada red social.

            Dicho esto, ¿qué suponen las redes sociales digitales en un plano más complejo? Sin duda, y entre otras muchas cosas, un claro deterioro y despersonalización de las relaciones sociales cara a cara. Una enajenación de las relaciones sociales de amistad, transformándose éstas en mercancías cuya acumulación da fe[1], de la misma manera que en el caso de los bienes materiales de consumo, del nivel de aceptación social del individuo. De su prestigio social o estatus y también, por supuesto, de su capacidad de influencia sobre los demás miembros de su entorno digital. Esto es, de su poder.

            Con todo, se puede concluir, aún de forma prematura, que las relaciones de amistad que tienen lugar en las redes sociales digitales distan mucho de asemejarse a las relaciones de amistad en vivo. Y es totalmente cierto. Pero es igualmente cierto que, en la medida que los contactos que un usuario posee en una determinada red social pasan a denominarse amigos, los individuos pueden llegar a considerarse recíprocamente como tales. Sin embargo: “¡Es sólo una manera de denominar a los contactos!”. Entonces, ¿por qué no usuarios, contactos o miembros de la red, en lugar de amigos? Sencillamente porque es crucial presentar la red social a los individuos como una herramienta potencialmente válida para entablar relaciones de amistad tan, o más, auténticas que cualquier otra forma anterior de amistad.

Y, ¿por qué la amistad existe en la red social digital a semejanza de una mercancía?

En primer lugar porque la aplicación permite a los usuarios configurarse una identidad artificial, ideal y no real, con la que se relacionan de manera distante pues ésta puede corresponderse o no, en mayor o menor medida, con  experiencias y preferencias que hace suyas en la vida real, y que nunca son las mismas. Podríamos decir que el perfil adoptado por el usuario en la red social digital es una identidad falsa del individuo que puede tener relación en parte con su experiencia real pero que también supone una existencia separada que puede tomar vida propia. La construcción de esta falsa identidad tiene que ver, también, con la producción espectacular-mercantil de nuestra vida cotidiana; en la medida en que las relaciones que se dan en el medio virtual se enmarcan en una nebulosa similar a una performance, en la cual el sentido de la estética es central. El usuario concentra sus esfuerzos en resultar atractivo con objeto de acumular el máximo número de amigos posible. Es por esto que en Facebook[2] predomina lo audiovisual: las fotos, los videos donde los usuarios se muestran cual ganado en una feria. El usuario o usuaria adquiere (o solicita) amigos y amigas de forma compulsiva y, para que su acumulación sea posible, estas amistades deben adoptar la forma de paquetes acabados listos para consumir. Esto es, deben adoptar la forma mercancía, donde la complejidad y las contradicciones propias de cualquier personalidad permanecen ocultas bajo una cortina de risas y felicidad. Si los perfiles de usuario reflejaran lo complejo de la personalidad (sus miedos, sus frustraciones…) no resultarían atractivos para su consumo inmediato y compulsivo[3]. Lógicamente, si no fuera así, si en los perfiles de usuario no predominara un retrato positivo (y acrítico), sería muy complicado llegar a acumular centenares  de amistades.

En este punto entra en juego la afinidad. Ésta es condición necesaria para la consecución de una amistad relativamente duradera, y suele florecer cuando las personas se encuentran ante dificultades (individuales y colectivas), que son compartidas, enfrentándose a ellas de manera conjunta y solidaria. Aún, en mi opinión, siendo necesaria la afinidad para la existencia de la amistad (y para el surgimiento de la acción política), ésta no es suficiente y de ningún modo su presencia garantiza la ausencia de conflicto entre amigos o amigas. El conflicto entre éstos es inevitable y, también, necesario[4]. Entonces, y teniendo en cuenta todo lo anterior, existen serias dificultades para creer que en Facebook (o en cualquier otra red social digital) puedan desarrollarse relaciones de amistad completas y complejas[5].

Los perfiles digitales son, además, una herramienta de control social profundamente eficaz en el proceso de homogeneización que, años ha, pusieron en marcha los medios de comunicación de masas en coalición con los aparatos burocrático-propagandísticos.

Como comentaba más arriba; no sólo la amistad, como relación social inherentemente humana, se mercantiliza y se cosifica, sino que los perfiles de usuario también toman la forma de una mercancía. De hecho esto último debe darse previamente: si la relación mercantil es un intercambio (venta-consumo) de mercancías, las mercancías deben existir con anterioridad a esta relación. Sólo cuando son creadas, fabricadas, son puestas en circulación en el mercado de la amistad virtual.  De la misma manera que un fabricante de automóviles o televisores de plasma puede sentir la necesidad de consumir los productos que él mismo fabrica; el actor virtual no sólo consume los perfiles digitales creados por terceros sino que su mismo perfil constituye el centro de su consumo virtual. Si Herbert Marcuse creía que la gente se reconocía en sus mercancías, encontraba su alma en su automóvil o en su aparato de alta fidelidad; hoy en día este reconocimiento se produce tanto en relación al propio perfil virtual como a la comunidad que forman todos y cada uno de los contactos con los que el usuario se interrelaciona (en una especie de nacionalismo virtual)[6]. El individuo se identifica claramente con su producto porque, pese a no controlar todas y cada una de las condiciones de su fabricación, ha sido creado por él; y, a diferencia de la mayoría de los productos de consumo industrial, el suyo puede ser modificado (al menos parcialmente alterado) a placer una vez y otra con el fin de resultar atractivo para su consumo.  En las redes sociales digitales el sujeto, el individuo, es creador y a la vez consumidor de su principal mercancía: él mismo[7]. La identificación es máxima.

Por último, y también interpretando a Marcuse, la red social digital es un virtual escenario donde las clases sociales (y las diferentes posiciones sociales) aparentemente no existen. Ricos y pobres satisfacen sus necesidades llevando a cabo el consumo de la misma mercancía. Y ésta no es un reproductor de música o un vestido de alta costura; se trata de su propia existencia virtual. La ilusión de llevar a cabo una existencia paralela donde cada individuo puede configurarse según sus deseos. Esta asimilación indica, no la desaparición de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones que sirven para la preservación del “sistema establecido” son compartidas por la población subyacente.”  (H. Marcuse)

 

II

 


[1] En el mundo virtual de Facebook y también fuera. No es extraño acertar a oír conversaciones entre personas que se preguntan mutuamente la magnitud de su acumulación de amistades virtuales.

[2] Pero también en My Space, aunque esta ultima red social digital no ha tenido tanta repercusión pese a aparecer antes en el tiempo.

[3] La amistad clásica no se consume. Necesita tiempo y no está exenta de dificultades y fracasos.

[4] Durante los pocos meses que mantuve activa mi cuenta de Facebook, no tuve constancia de ninguna discusión de importancia en el espacio de expresión,  llamado entonces muro, de mis contactos y puedo dar fe de que muchas de las fotos de perfil de éstos (y de los contactos de éstos) ofrecían una visión más o menos positiva de ellos. Con excepciones, como es lógico.

[5] Cuyas fases pueden ser: acercamiento o contacto inicial, conocimiento mutuo y, finalmente, afinidad o conflicto.

[6] Este curioso sentimiento de pertenencia no se manifiesta en una simple comunión social a imagen de los nacionalismos clásicos; en este caso el medio tecnológico que hace posible la red social digital forma parte indisociable de la imagen idealizada que el individuo se forma de la comunidad virtual. Es muy improbable que en ausencia de la plataforma informática necesaria para la consecución de la amistad virtual  los usuarios trasladaran a la vida real sus relaciones con la misma intensidad. Intensidad que podría medirse, es una propuesta, por el tiempo diario dedicado.

[7] Sin embargo, el hecho de que el usuario sea el creador y el co-reproductor de su perfil de usuario no lo convierte en una suerte de artesano digital. El usuario no controla, ni mucho menos, todos los factores que intervienen en la creación de su imagen virtual. Sólo algunos, y siempre en la medida en que los verdaderos creadores de la plataforma lo determinan.

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